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jueves, 26 de mayo de 2016

PRIMERA CUERDA- Mi- Las Maravillas- 12




Ya habían pasado dos días desde el entierro de Diego, cuando una mañana un número desconocido hizo sonar el móvil de Rosario, despertándola:

—¿Sí, diga?—contestó mientras se incorporaba en la cama.

—Buenos días. Soy Juan Carlos Escudero. Quisiera hablar con doña Rosario Lima.

—Soy yo.

—Encantado, señora Lima. Soy el gestor que está tramitando el testamento de su difunto esposo. He hallado un documento que me gustaría comentar con usted. ¿Sería posible que nos viéramos esta misma tarde a las cinco?

—Sí, sí, perfecto. Espere, que busco algo para escribir y tomo nota de la dirección—respondió Rosario.


Se trataba de una oficina situada en el céntrico Paseo de Gracia barcelonés, muy cerca de su domicilio. Después, la viuda puso el despertador para tener el tiempo justo para ducharse y llegar puntual a su cita. Apagó la luz y volvió a cerrar los ojos. Debido a los hechos que acababa de vivir, no dejaba de tener sueños agitados. De todas formas, los prefería mil veces a la terrible realidad de su recién estrenada soledad.
 Había dormido tanto en esos días, que tan solo consiguió conciliar el sueño durante una hora. Estaba segura de que había despertado a causa de la pesadilla. De nuevo, surgió aquella escena en la que ella abría la puerta del maldito camerino y se encontraba con Diego agonizando. Esta vez, sin embargo, había conseguido llegar hasta donde estaba el cuerpo de su marido a la vez que gritaba:

—¡Diego, no me dejes, Diego!
Acarició con ternura el rostro de su marido. La mirada azul del guitarrista era aún más fría de lo que había sido durante sus últimos días de vida. Las palabras que surgieron de los labios de su amado se le grabaron a Rosario:

—No soy Diego.
Después falleció de nuevo entre sus brazos.