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martes, 17 de mayo de 2016

PRIMERA CUERDA- Mi- Las Maravillas-3

3

Ya habían pasado más de cinco horas desde que había dejado a Diego en su camerino del Palau de la Música y este aún no había llegado a casa. No obstante, Rosario no se alarmó. Conocía desde hacía años el carácter de su marido, consecuencia directa de su genio musical, aunque estaba más agravado desde hacía unos días.

La pasión por la guitarra de su marido era lo que la había conquistado ya hacía unos años, cuando acompañada de su amiga Mónica habían acudido a un concierto del gran Diego Torres, en el Auditorio Maestro Padilla de su Almería natal.
 Hubo un instante, cuando los enormes ojos azules del músico se abrieron y miraron en dirección a los suyos, en que sintió que él estaba tocando solo para ella. Había sido una experiencia casi mística. Él acariciaba las cuerdas con suavidad a veces y apasionadamente muchas otras y Rosario se sentía como aquel instrumento que estaba entre sus manos. Los acordes que brotaban de aquella guitarra eran como los gemidos de placer de una amante entregada.

El concierto terminó demasiado pronto para ella y Diego se retiró a su camerino:

—Vamos a ver si nos firma un autógrafo—animó a Mónica.

—Es muy tarde, tengo que volver a casa ya o mis padres me matarán—dijo su amiga, que tenía unos progenitores demasiado severos.

Rosario tenía bastante más libertad en cuanto al tema de los horarios. Se había ganado la confianza de sus padres con sus excelentes resultados académicos.

—Bueno, pues yo voy a probar. Nos llamamos mañana. Buenas noches.

—¡Qué suerte tienen algunas! Cuidadito con lo que haces. Nos vemos.

Rosario se dirigió al camerino. El teatro se había vaciado y ella había conseguido colarse aprovechando una distracción de los acomodadores.


 No encontró ningún tipo de barrera humana ni material que le impidiera llegar a su destino. Entonces llegaron las dudas y los miedos. Ya no estaba tan segura de que fuera una buena idea. Pero esa puerta le separaba de aquellos hipnóticos ojos azules que la habían hecho volar tan solo hacía un rato. Y se moría de ganas de volver a caer dentro de ellos.

—¡Venga, Rosario, “pa’lante”!—se dijo a sí misma, mientras levantaba el puño para llamar. No llegó a hacerlo. La puerta se abrió y apareció un chico
moreno, de estatura media y ojos marrones que se quedó sorprendido al verla.

—¿Puedo ayudarte en algo?—acertó a decir aquel muchacho, a todas luces impresionado ante la belleza de ojos verdes que tenía delante suyo.

—Eeeh… Yo… Bueno, yo quería un autógrafo de Diego Torres —contestó ella. Se sentía como una colegiala pillada en plena travesura.

—¿Con quién estás hablando, Luis?—se oyó desde dentro.

Es una fan. Quiere que le firmes un autógrafo —respondió el aludido mientras con su mirada continuaba estudiando aquella desconocida.

—¡Ah! Deja que pase y se lo firmo mientras tú vas a buscarme la copa que me has prometido—dijo aquella voz.

—Como quieras—respondió Luis mirando al interior y, volviéndose hacia la chica, la invitó a que pasara. Acto seguido salió y cerró la puerta.

Rosario todavía no se podía creer lo que estaba viviendo. ¡Estaba en el camerino del mismísimo Diego Torres! Cuando se lo contara a su amiga Mónica no iba a creerla. Sintió que el corazón se le aceleraba en el pecho.

Allí estaba el famoso guitarrista con una bata que cubría su cuerpo. Su pelo largo y humedecido caía en suaves ondas. Acababa de salir de la ducha. Aquellos ojos tan claros parecían una broma en medio de su piel canela.

—Hola —acertó a decir Rosario.

—Hola. Así que quieres un autógrafo —respondió el artista—. Bien, ¿dónde te lo firmo?

—Oh, pues yo…—Se sintió ridícula. Acababa de recordar que había vaciado su bolso justo antes de ir al concierto—. Creo que no llevo ni lápiz ni papel.

—Bien, no dejaremos que eso sea un problema. ¿Qué tal si llamo a Luis y le pido que, en vez de la copa de ahora, nos traiga mañana el desayuno y que nos compre una libreta y un bolígrafo?

Rosario no creía lo que estaba viviendo y se sorprendió aún más cuando se oyó a sí misma:


—Me parece una idea excelente.







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